domingo, 17 de julio de 2016

El derecho a la eutanasia

Hace pocos días, mientras divagaba en torno a la condición «ilusionada» de la vida humana, no podía ni por asomo imaginar que mis afirmaciones eran «una justificación estupenda para la implantación del derecho a la eutanasia». Cuando uno de mis seres más queridos me lo comunicó dándome las gracias por haberlo escrito —obviamente, por estar a favor de dicho derecho y haciendo uso de un humor algo irónico—, no pude menos que decirle que no había concebido mis palabras con esa intención. Es más, considero que consumar ese «derecho», salvo en situaciones de sufrimiento muy extremas e irreversibles —en cuyo caso podría albergar alguna duda—, constituye una grave equivocación. Grave, porque compromete lo más esencial que todo ser vivo posee: su propia existencia, y equivocación, porque es muy probable que quien se vea abocado a adoptar esa drástica determinación esté tomando por cierto algo que no lo es.

La ilusión es un estado anímico más que cualquier otra cosa. LauraThe happy quartet, por Henri RousseauSe instala con la fuerza de una convicción y se nutre de ideales y esperanzas. Se trata, en cualquier caso, de un estado que incide de manera espléndida en nuestro ánimo y nos ayuda a coger impulso y generar la energía necesaria para seguir adelante con nuestros proyectos y en la cotidiana lucha por la existencia, independientemente de que aquello que nos ilusiona sea verdad. Una persona que profese auténtica fe religiosa, verbigracia, puede vivir perfectamente en la creencia de un ser todopoderoso y benefactor, capaz de aliviarle y de concederle otra mejor vida después de la muerte, exista o no ese ser en realidad, y, gracias a su fé, podrá sentirse confortado y animado, aunque sólo sea al modo en que lo hace el enfermo que ingiere una sustancia placebo convencido de su valor terapéutico, que puede mejorar ostensiblemente e incluso llegar a curarse, dependiendo de cuáles sean su enfermedad y su grado de convencimiento. El caminante que vaga por el desierto al límite de la extenuación saca fuerzas de flaqueza cuando ve la imagen de un oasis en un espejismo, e irá en pos de dicha imagen mientras le dure la ilusión. Por el contrario, una persona que se encuentre en las circunstancias más ventajosas, aunque viva en la opulencia o no carezca de lo necesario para una existencia agradable, sin ilusión, no sería sorprendente que cayese en el desánimo o acabara renunciando al deseo de existir.

Así pues, aunque es humano y muy comprensible que una persona que vea truncadas sus expectativas y mermadas sus capacidades debido a un accidente, una agresión o una enfermedad graves, se sienta decaída y piense con alguna frecuencia en tirar la toalla, si consigue alimentar su ilusión por algo, muy probablemente obtendrá fuerza y estímulo suficiente para seguir adelante, por grandes que sean su sufrimiento y postración.

Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.1

El tetrapléjico que decide que debido a su estado nada tiene que hacer en este mundo quizá esté tomando por cierto algo que no lo es. Personas en su misma situación o con una enfermedad degenerativa —ahí está Stephen Hawking como ejemplo emblemático—, han demostrado que se puede vivir dignamente en esas condiciones, y aún aportar algo útil, cuando se posee el impulso necesario. Por otro lado, cualquiera puede decidir que debe suicidarse —y así sucede en ocasiones—, aunque nade en la abundancia, su estado sea saludable o esté en la flor de la juventud. A menudo la vida se nos hace tan dura y difícil que no hay más remedio que esperar a que algo cambie. La ilusión nos abandona a todos tarde o temprano y, tarde o temprano, volvemos a recuperarla.La inscripción sobre la puerta del infierno, por William Blake Morir no tiene vuelta atrás. Nos va a suceder más pronto o más tarde. ¿A qué, entonces, tanta prisa por dejar atrás toda esperanza?2 Mi parecer es que, mientras nos quede un soplo de aliento y de conciencia, aún en el peor de los casos, es mejor esperar, para seguir avanzando, por si acaso, o aunque sólo sea por curiosidad. ¿Quién sabe lo que nos espera mañana? Si estamos aquí de milagro y por casualidad, ¿por qué no habríamos de creer en un nuevo prodigio? Si éste no ocurre, el mismo fin nos seguirá esperando; pero, y si, después de todo, tras el sufrimiento llegara la calma y consiguiéramos amar y ver la luz un sólo instante, ¿no valdría este instante lo que una eternidad?


  1. Jose Agustín Goytisolo. Fragmento del poema Palabras para Julia, extraido del poemario homónimo [Poesía completa. Lumen. Palabreas para Julia (1980-1990), pág. 353] dedicado al cantautor Paco Ibáñez, amigo personal de Goytisolo que cantó el poema en la que tal vez sea la mejor versión musicada de las muchas que se han hecho.
  2. «Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate». Dante Alighieri. La Divina Comedia. Infierno, Canto III.

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